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sábado, 1 de junio de 2013

TEATRO Renán & Picchio : una buena historia en común Ella como actriz y él como director, fueron parte hace 39 años de “La tregua”, la primera película argentina nominada para un Oscar. Ahora ocuparán los mismos roles en “Incendios”, obra teatral que estrenan el miércoles.

El dice que se odia cuando ve sus películas. Ella, que su sentimiento no es odio, sino la impresión de ya no ser la mujer congelada en la cinta. El dice que de joven estaba más preocupado por la trascendencia. Ella, que de joven, lo que hacía, “trascendía sólo sin pensarlo”. El dice que con los años su perfeccionismo es más agudo. Ella, que no tiene relación con la ambición de perfeccionismo, sino apenas con la prolijidad. El dice y ella dice, y entre tantos dichos opuestos, un fuego los une.
Incendios se llama la obra que estrenarán el miércoles en el Apolo, él como director, ella como protagonista.
Treinta y nueve años después de La tregua, antes del estreno de Incendios, la llama, dicen, sigue bien encendida. Ella evoca la época en que, mientras la película se tranformaba en la primera argentina nominada al Oscar, muchos actores “estaban escondidos debajo de las mesas”: “Alterio se había tenido que ir a España, no hubo festejo. Todo tenía ya un tufillo a miedo. No hubo fiesta para nosotros”, rememora. El prefiere recordar el filme basado en la novela de Mario Benedetti como los tiempos de “la Picchio rea”. Y dispara su misil elogioso: “Es una de las mujeres de mi vida”.
De la pluma de un autor nacido en el Líbano y con adaptación cinematográfica (Ver recuadro), Incendios los obliga a bucear en la intensidad: “Cuando hablaba con los actores, planteaba el tema de la dimensión del sentimiento. Dimensión que uno imagina sólo pueden tener dioses del olimpo. La heroína (Picchio) tiene un amor imposible de entender en ningun ser que habite la Tierra. Sólo posible en un ser sobrehumano. Esta es una de las historias más conmovedoras que he leído en mi vida y en todas las formas de escritura posible”, vende apasionadísimo Renán. Ella se sube al mismo fuego: “Está tan enamorado de esta historia que a veces le digo, ¿Este párrafo demasiado poético no podemos sacarlo? ‘ Justamente, Ana María, por eso no podemos ’”.
¿Qué los conmueve tanto del texto?

Renán : Desde lo argumental, la historia de dos búsquedas: una mujer que deja dicho en su testamento a sus hijos que busquen al padre y al hermano, cuando sus hijos siempre pensaron que el padre había muerto y nunca supieron de la existencia de otro hermano. Es conmovedor que un personaje tenga tal capacidad de amor sobrehumana y otro personaje represente casi el mal metafísico. El otro dato es el enigma. Toda la obra transcurre en una búsqueda absolutamente deslumbrante. Creo que es un autor que va a dejar un espacio de gran presencia en la dramaturgia contemporánea.
Picchio: La obra es como un vía cruxis. No es una historia que sucede hace 400 años, sino cuatro décadas atrás. Esas guerras inmundas que ocurren y ni los mismos pueblos saben ya de qué se trata. Una chica cristiana que vive entre los escombros, se enamora de un palestino y queda embarazada. Ahí comienza el drama. Como si la cruz cayera encima. Una metáfora del sufrimiento. Como romper la cadena de odio de una familia. Un espectáculo coreográfico de música, luz y movimiento en el que para dar un abrazo tengo que esperar un acorde. Creo que lo que Renán ama tanto es la idea de la obra de soltar el odio y transformar el dolor en algo.
Director y actriz comparten varias intersecciones de camino. Se conocieron en el viejo Canal 7, en Las grandes novelas, ciclo que teatralizaba a novelistas de la literatura universal. Después llegó en teatro Víctor o los niños al poder, y La tregua en versión televisiva y más tarde cinematográfica. El siguió su huella en el cine, el teatro y la ópera, mientras declaraba recurrentemente que era “un tirano en busca de la belleza”. Fue Director del Teatro Colón. Sorteó severos problemas de salud. Viene de una “tregua” teatral de seis años tras dirigir Un enemigo del pueblo, de Ibsen en el San Martín. Se levantó con firmeza y ahora, con pañuelo de seda en el bolsillo, admite que “esta obra presenta la mayor dificultad técnica” de su historia teatral, “de una complejidad que exige sólo la perfección”.
¿Y cuál es su relación con la perfección?

(Se ríe) Soy enfermizo. Es una de las razones por las que no puedo ver mis películas, porque me odio tanto. Siempre hay momentos en que siento que debí haber puesto la cámara en otro lugar. Es una sensación que puede llegar a ser solitaria, es decir, no necesito coincidir con una mirada colectiva. En esos ataques de locura, alguien me dice ‘Pero está bien’ y yo pienso ‘No está bien’.
¿Los años no le ayudaron a relajarse y soltar?

No, cada vez es peor. Tengo conciencia de que voy a ser juzgado y que la culminación del hecho artístico va a estar en el público.
Según lo que afirma, entonces, ¿usted ve “La tregua” y se odia?

Por momentos sí. Te los puedo nombrar con toda precisión. Tampoco soy loco. No es un odio inexorable, pero difícilmente pasen cinco minutos de unas de mis películas donde no no vea algo que me ponga mal.
Ana María, ¿cuál es tu relación con el perfeccionismo?
Picchio: Soy exigente, pero no perfeccionista. Ordenada, pero no exagerada. Desde el lado del director quizá sea entendible la obsesión, ya no tanto desde el lugar del actor. Yo no lo vivo.
¿Y qué sensación te provoca volver a ver tus viejos trabajos? ¿El mismo “odio” propio del que habla Renán?

Picchio: No es odio. Siento como si ya no fuera yo esa que está ahí. Como si fuera una hija o una nieta, pero ya no la que soy hoy. Yo pienso más en otra cosa: en la medida en que pueda cambiar un segundo en la vida de una persona que mira, soy feliz. Sea una o sean 20 personas.
Renán habla a esta altura de “fiestas y duelos” laborales. A la distancia, a más de 60 años de carrera, piensa que sus celebraciones tienen que ver con su debut en la dirección teatral con Las criadas, de Jean Genet, y, últimamente, La flauta mágica y La Cenerentola, en el Colón. El “duelo” se relaciona con Tres de corazones, su último filme, al que considera “mejor hecho que La tregua, una suerte de llaga” menos acompañada por la mirada del público. Ahora está convencido de cuál será su última película: Las hortensias, basada en un cuento de Felisberto Hernández.
¿Al actor que hay en usted lo dejó durmiendo para siempre?

Renán: Es que ahora tengo que convivir con este problema de la voz y ese es un tema esencial para el actor. Pero yo siento que en el preciso momento en que postergué al actor para empezar a dirigir, estaba a punto de acceder a un lugar de satisfacción para un loco de la guerra como yo. Sentía que un actor de la índole de los actores a los que me quería parecer en mi juventud, como Montgomery Clift, debía llegar a cierto nivel. Había un paso a transitar en el que yo ya me sentía para más. Pero bueno, en mis inicios yo estaba más preocupado por la trascendencia y la finura.¿Hoy? (sonríe) Hoy, un poco menos.

Por Marina Zucchi

  fuente:clarin.com