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lunes, 8 de abril de 2013

Un lamento polaco Dirigida por Arturo Diemecke, la orquesta ofreció obras de Henrik Górecki y Benjamin Britten. Se lució la soprano Filipcic Holm.


Entre la complejidad de las obras y su interpretación parece existir una relación matemática implícita; una que exige que, a menor complejidad en la escritura, mayor claridad y pureza de la ejecución. Las obras simples, de líneas claras, armonía elemental e instrumentación sencilla, exigen la más perfecta calidad de interpretación.
Se podrá decir que es improbable que una obra tan convencional, solemne e innecesariamente larga como la Sinfonía de las lamentaciones de Henryk Górecki se vuelva interesante alguna vez. Pero tal vez sea posible que la Sinfonía Simple de Britten se escuche como algo más que una obra irremediablemente modesta. Quizás una ejecución clara y cristalina podría convertirla en un retrato musical de pureza angelical, el retrato encantador de un rostro infantil.
No puede decirse que la versión que Demiecke, el director de la Filarmónica, hizo de este Britten careciera completamente de buenos momentos. En el tercer movimiento, por ejemplo, la preciosa sarabanda, sonó más que justa e incluso sobre el final las cuerdas agudas lograron transmitir una sensibilidad arrebatadora. Pero las breves imitaciones de ese scherzo lleno de humor - Playful pizzicato - que es el segundo movimiento, se escucharon bastante desordenadas y los pizzicati que bordan ese tiempo y abundan en el resto de la obra, descuidados, o al menos sin el filo que la pieza exige.
La obra de Górecki, fue anunciada por Diemecke como un múltiple homenaje: a Gerardo Gandini y al fagotista Alberto Merenzon -ambos vinculados al Colón y recientemente fallecidos-; el homenaje se extendió a las víctimas de la guerra de Malvinas y de las inundaciones. Demasiados homenajeados, tantos que ni el más conmovedor de los requiems podría haberles rendido un tributo real.
Mucho menos la obra de Górecki, con su simetría exasperante y su pulsación de métrica pueril, plana y machacosa. Afortunadamente, la soprano Carla Filipcic-Holm estaba allí para salvar ya no la versión sino la obra entera: su voz encarnó con conmovedora contención el canto doloroso de tres mujeres ante la pérdida de sus seres más queridos -las palabras de la Virgen María, las de una adolescente polaca apresada por la Gestapo y las de una madre cuyo hijo fue asesinado en una de las rebeliones polacas-. La expresión de Filipcic-Holm, desprendida de ese fondo plano y desganado que Górecki escribió para la orquesta, impregnó la sala de una atmósfera de verdadero recogimiento.
fuente:clarin.com  Por Sandra De La Fuente especial para clarín