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lunes, 11 de marzo de 2013

MÚSICA Un gran paneo por Rusia El jueves, en el Colón, el lituano Juozas Domarkas dirigió la orquesta, que interpretó obras de Chaicovsky, Shostakovich y Svidirov: Romanticismo, modernidad y Realismo Soviético.


Por Sandra De La Fuente
especial para clarínDirigida por el lituano Juozas Domarkas -que reemplazó a último momento al ruso Vladimir Jurowski-, la Filarmónica de Buenos Aires abrió su nueva temporada con un buen paneo de la música rusa, desde el romanticismo de Chaicovsky hasta la angustiada modernidad de Shostakovich, sin olvidar el mal paso de uno de sus discípulos, Svidirov, como una desgarradora muestra del sometimiento que los artistas rindieron al canon del Realismo Socialista.
Aunque esté tomada del mundo de las artes visuales, la palabra “paneo” define bastante bien la audición de un concierto que no se introdujo en las particularidades de cada obra, sino que las mostró en un registro un poco distante, tan cuidado como ausente de grandes matices.
Domarkas es un hombre mayor y bastante gordo, de andar cansino y dificultoso. Tiene algo cómico pero todo su histrionismo termina en su aspecto, en su enorme panza, en sus mejillas encendidas y en su pelo largo que resuelve en un extrañísimo peinado. Apenas se sube al podio la comicidad desaparece por completo: su cuerpo se yergue, se aligera y hasta se mueve con una elegante discreción; sus brazos se levantan atentos a las diferentes entradas; sus manos vibran con las cuerdas y reaccionan ante el menor desajuste. Nada sobra en su gestualidad, del mismo modo que tampoco nada sobra ni sorprende muy especialmente de sus versiones.
Sin embargo, hay que decir a su favor que la sinfonía décima de Shostakovich, que ocupó la segunda parte del concierto, sonó bien hilada y convincente, con todos los cuerpos de la orquesta bien conectados, desde el comienzo hasta el final. Las cuerdas consiguieron un precioso tono mate y apenas en algunos pizzicati fueron imprecisas. En esa discreta pero segura unidad sostenida por Domarkas, los solistas pudieron poner el tono expresivo justo, desde el principio, con el solo de clarinete que abre el primer movimiento, hasta el Andante del final, con ese intercambio doloroso que mantienen la flauta, el fagot y el oboe sobre la palpitación angustiosa de las cuerdas, telón de fondo de opacidad y rugosidad exactas.
El Chaicovski de la primera parte -la obertura de Romeo y Julieta- junto con los fragmentos de Tormenta de nieve escandalosamente convencional de Sviridov, quedaron en el recuerdo casi como si no se las hubiera programado más que como un ejercicio de precalentamiento obligatorio para dejar en forma a la orquesta antes de enfrentarla con el Shostakovich maratónico. fuente:clarin.com