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lunes, 18 de marzo de 2013

Infinito y sutil juego de espejos La ópera de Mozart abrió el ciclo de Buenos Aires Lírica con una lograda realización de Pablo Maritano. Juan Casabellas dirigió la orquesta y Marisú Pavón se lució especialmente.


Buenos Aires Lírica abrió su temporada con una nueva producción de Così fan tutte. La realización escénica de Pablo Maritano transcurre en un ambiente ambiguamente mozartiano. Ya su primera escena, con e+++se apretado y lascivo cuadro de fiesta nocturna iluminado por la radiante y enigmática mesa de billar, nos introduce en una atmósfera de juego; mientras que los dos actos de la ópera transcurrirán en un rococó (impecable escenografía de Andrea Mercado) sutilmente atravesado por aspiradoras eléctricas y guantes de goma (elementos de trabajo de una modernizada Delfina, la astuta doméstica de las hermanas Dorabella y Fiordiligi).
Rococó y simetría: el estricto paralelismo visual es el marco en el que la puesta explora el infinito juego de espejos de esta magistral comedia de Mozart y Da Ponte, juego que en la presente realización llega no sólo al corazón de lo que se ve sino también a lo que se oye, como la oportuna alusión a Don Giovanni (“La ci darem la mano”) en el recitativo de la escena V del segundo acto, una cita que no está en el original.
La puesta es impecable en los detalles y en una forma tetral continua, sin puntos muertos, para lo que se cuenta con un buen sexteto de cantantes actores: la soprano Oriana Favaro (Fiordiligi), la mezzo Cecilia Pastawski (Dorabella), el barítono Norberto Marcos (Guglielmo), el tenor Iván Maier (Ferrando), la soprano Marisú Pavón (Despina) y el barítono Omar Carrión (Don Alfonso). En este rubro debería agregarse que la performance vocal del tenor Maier por momentos lució un poquito destemplada, aunque sin comprometer la buena línea general, y que la soprano Pavón dotó a su personaje de un importante plus teatral y musical.
Juan Casabellas, titular del coro de Buenos Aires Lírica, tuvo esta vez la responsabilidad de la dirección orquestal. Cumplió la concertación con prolijidad e incorruptible sentimiento rítmico. Tal vez movido por un celo profesional de histórico custodio de las voces, el director mantuvo la orquesta demasiado asordinada (la amplificación del fortepiano no hizo más que enfatizarlo); y si bien es cierto que las voces corrieron por el escenario sin ninguna adversidad, también lo es que se atenuó la posibilidad de una interacción o un contrapunto más picante entre cantantes e instrumentos. fuente:clarin.com Por Federico Monjeau fmonjeau@clarin.com