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jueves, 10 de abril de 2014

Inexplicable sintonía La pianista argentina y el director italiano, en un registro sublime.

Tas la muerte de Claudio Abbado todavía tan próxima en el tiempo, esta nueva edición de Deutsche Grammophon tiene una significación especial. Por un lado, se trata de uno de los últimos conciertos del gran director italiano; por el otro, de la vuelta a un amor de juventud: Martha Argerich. El álbum registra el último concierto en vivo de Abbado con Argerich, en marzo de 2013 en Lucerna.
La dupla Abbado-Argerich remite de inmediato a uno de los discos más amados y escuchados de todo el repertorio clásico: el que reúne la antológica versión delConcierto en Sol de Ravel y el Tercero de Prokofiev, con Abbado al frente de la Filarmónica de Berlín, a fines de los ‘60. Comprensiblemente, el cuadernillo de la presente edición enfatiza el detalle con fotos de época que desbordan belleza y juventud; ella con su aspecto entre enigmático y ardiente; él con la apuesta distancia de un príncipe (revolucionario).
Casi cinco décadas más tarde, los músicos se encuentran con el repertorio mozartiano: los conciertos N° 25 en Do mayor y N° 20 en Re menor, ambos ya grabados por Argerich, aunque el N° 25 lo abandonó por un buen tiempo tras una crítica desfavorable de Harold Schonberg en el New York Times, a fines de los ‘70, en ocasión de su ejecución con la Filarmónica de Nueva York dirigida por Raphael Kubelick. Justa o injusta, la crítica de Schoenberg debe haber avivado la sabida desazón y angustia mozartiana de Argerich (Mozart es un autor a quien ella dice temerle especialmente por la profunda ambigüedad que se abre tras su superficie amable, y sólo Argerich puede expresar por medio de una debilidad una verdad tan profunda).
Ella parece haber perdido el miedo. Sus versiones son sencillamente magistrales. Tienen el gran complemento orquestal de Claudio Abbado, la distinguida Orquesta Mozart que el fundó en Bologna en 2004. Si la ejecución del N° 25 le permitió a Argerich superar un trauma brillantemente, la interpretación del N° 20 es un milagro. Este último tiene un plus: Argerich toma las dos cadencias escritas por Beethoven en los movimientos extremos; las cadencias de Beethoven, especialmente la del primer movimiento, son actos radicales de apropiación y experimentación pianística y formal. Y lo que hace con ellas Argerich es increíble. Uno puede preguntarse qué pensaba el apolíneo Abbado mientras sonaba ese fabuloso terremoto, aunque cuando el piano vuelve a pegarse tan perfectamente con la orquesta advertimos que ambos artistas seguían en una rara y tal vez inexplicable sintonía. fuente:clarin.com

Por Federico Monjeau