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martes, 13 de agosto de 2013

“Aquí no veo desorganización” El director de escena italiano es el encargado de poner esta versión de la ópera bufa de Mozart, protagonizada por un criado rebelde. Cuenta por qué se siente cómodo en el Colón. Por Sandra De La Fuente.

“La única tecnología que no uso en un teatro de ópera es la amplificación. Me gusta que se respire la atmósfera de la ópera, la verdadera acústica del teatro”, dice el régisseur italiano Alfonso Antoniozzi, co-responsable, junto con Davide Livermore, de la nueva producción de Las bodas de Fígaro que sube hoy en el Colón. “De todos modos, entiendo que en la Arena de Verona se pueden hacer grandes shows con amplificación, pero los veo comoFantasía, de Disney, y ni siquiera estoy seguro de que sirvan para atraer gente a la ópera”.
Antoniozzi sigue siendo un cantante muy requerido dentro de la ópera cómica, para cantar tanto los clásicos papeles del Dr. Bartolo (El barbero de Sevilla), Don Magnifico (La Cenerentola), Taddeo (La italiana en Arge l), Dulcamara (El elixir de amor) o el Leporello (Don Giovanni). Sin embargo, hace un tiempo decidió ampliar su territorio profesional y se animó a dirigir. “En algún momento sentí que el canto no era suficiente desafío, que necesitaba probarme como director de escena, es decir, ya no sólo trabajar mis personajes sino también los de toda una producción”, cuenta en un inglés velocísimo, en charla con Clarín.
¿Es más difícil ser un régisseur que un cantante?

No lo sé. La vida del régisseur me resulta, por un lado, tal vez más dura porque estoy en la producción metido durante 15 o 18 horas al día, respondiendo a todas las cuestiones que surgen. Pero, por el otro lado, en el poco tiempo que queda después de esa jornada extenuante, tengo la posibilidad de vivir una vida normal sin cuidarme el cuerpo para cantar como si fuera una pieza de cristal. La otra ventaja es que no sufro la presión de la actuación, que es tremenda. Sin ir más lejos, apenas termine con la dirección de luces ya estoy listo para ir a hacer otra cosa. Podría decir que la vida del régisseur es más dura en el trabajo físico, pero menos demandante psicológicamente.
Tu formación como actor, previa a la de cantante, ¿contribuye a tener una mirada más abarcadora sobre los vínculos entre personajes y movimiento de escena?

Creo que sí. Creo que la actuación de los cantantes de ópera se resiente en la medida que deben ocuparse de su voz. Les cuesta ocuparse de sus movimientos y, para colmo, sus palabras no se entienden. Hacia principios del siglo XX, se movían siguiendo convenciones. Eran pocos los que, como Claudio Muzzio, podían actuar y cantar. Pero cuando apareció Callas, la exigencia se elevó. Y hoy ya no se sostiene que un cantante no pueda meterse bajo la piel de su personaje.
¿Cómo será la producción de estas “Bodas de Fígaro”?

Davide y yo queríamos sacarnos de encima todas las convenciones que marcan los siglos XVII y XVIII. Así que nos instalamos en el XIX, en una atmósfera del tipo de la serieDowntown Abbey o la película Lo que queda del día. Después de todo es la historia de una casa y sus sirvientes. Como la lucha entre sirvientes y patrones no se resolvió, ni siquiera tras la Revolución Francesa, nos pareció válido hacer esa actualización.
No parece ser un gran cambio.

Pero también quisimos contar la historia desde otro punto de vista, así que dejamos la casa principal de Almaviva y nos fuimos a su casa de verano. Queríamos la atmósfera polvorienta de La casa de los espíritus. Sobre la obertura veremos la casa abandonada, sólo Barbarina -ya mayor- estará allí. La historia estará filtrada por la mirada o el sueño de Barbarina. La gracia de esto es que cada uno podrá imaginar lo que quiera. Billy Wilder solía decir que si un director quería dar un mensaje debía usar el correo. Pero la idea de que Barbarina esté allí soñando, o repasando su vida, nos permitirá limar las diferencias sociales y esa posibilidad no estaba presente en el siglo que Mozart vivió.
Bueno, ahora está presente en algunos pocos países.

Sí, es cierto. Hay países en los que la movilidad social es un hecho palpable, otros en los que es imposible, y otros en los que el gobierno te dice que ascendiste, pero vos sabés que te quedaste en el mismo lugar de siempre. En algunos, incluso, el movimiento social es descendente.
¿Cómo se lleva el elenco con estos cambios?

Muy bien. Probablemente voy a decir lo que todos los directores dicen, pero tengo un grupo de cantantes maravilloso. Son cantantes y actores geniales, nos divertimos muchísimo trabajando.
¿Qué hay de la desorganización de la que todos los directores de escena se quejan?

Yo no veo que aquí haya desorganización. Quizá no la veo porque Italia y la Argentina son muy parecidas. No puedo imaginar que un suizo o a un alemán trabajen cómodamente aquí, pero yo me siento como en casa. ¡Lo único que me sorprende es la cantidad de besos que la gente se da todo el tiempo! Pero volviendo al tema, por supuesto que todo en el mundo podría estar mejor organizado, sin embargo soy de los que cree que la creatividad se resiente un poco cuando todo está perfectamente arreglado. Tiene que haber un lugar para lo inesperado, eso es inspirador. Por otra parte, soy de los que cree que un buen director debe adaptarse al teatro que tiene. Llegar a un teatro y forzar todo para que se adapte a la idea de organización que uno trae resiente al elenco y al espectáculo. Y lo único que un director tiene que lograr es que el espectáculo funcione. Como cantante me he acostumbrado a adaptarme a los diferentes directores y teatros, el simple hecho de hacer ópera bufa me ha expuesto mucho más a adaptarme a diferentes condiciones.
¿Por qué?

Porque la idea de comicidad cambia mucho de cultura en cultura. En los EE. UU., donde trabajé mucho, están muy acostumbrados a las claves de la sitcom, así que si uno no hace una pausa y mira al público antes del cierre de la broma ni siquiera perciben la broma.
El Show de Lucy está en sus genes. Ese mismo procedimiento, yo lo aplico a la dirección, me ajusto a la situación porque creo que es como si uno recibiera un crucero por un mes y medio e intentara cambiar todos los hábitos de la tripulación y de los pasajeros. Imposible. Esta es mi tripulación y mis pasajeros, tengo el barco por un mes y medio. Cualquier movimiento que haga parar el barco en estos días de viaje será lamentado por todos. Mi obligación es llegar a destino de la mejor manera posible. fuente:clarin.com