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jueves, 11 de abril de 2013

Una orquesta notable La camerata suiza abrió la temporada del Mozarteum con la mezzo Vesselina Kasarova. Hubo un bello Mozart de bolsillo.


El Mozarteum abrió su temporada en el Colón con la Camerata Bern y la mezzo Vesselina Kasarova, en un programa que alternó fragmentos operísticos y orquestales de Haydn, Mozart y Rossini, y que además contó, a modo de aperitivo, con dos piezas para cuerdas del compositor suizo Fabian Müller.
Un aperitivo contemporáneo podía esperarse (el suizo Müller nació en 1964), lo que siempre es bienvenido en los conciertos de las orquestas extranjeras que, aunque sea de forma un poco marginal, de tanto en tanto nos acercan alguna pieza de nuestra época. Pero lo de Müller decepcionó: es un divertimento de salón, una anodina suite inspirada en antiguas danzas del valle del Muotathal, carente de gracia y originalidad.
Un bernés llamado..., la segunda obra de Müller que se tocó en este programa, sigue en la misma dirección de un lavado neoclasicismo tirolés.
La mezzo búlgara Vesselina Kasarova comenzó su carrera a comienzos de los ‘90 en las Operas de Zurich y Viena, y es una reconocida intérprete mozartiana y belcantista. En este recital se mantuvo en su terreno: en la primera mitad alternó fragmentos de Las bodas de Fígaro (dos números de Cherubino: Non so piú cosa son, cosa faccio y Vois che sapete ) y de La clemenza di Tito (dos números de Sesto: Parto, ma tu ben mio yDeh, per questo instante solo ) con la obertura de La isla deshabitada de Haydn; simétricamente, en la segunda alternó fragmentos de Tancredi (el recitativo O Patria , la cavatina Tu che accendi...
y el rondó Perché turbar la calma...
) y Semiramide ( Eccomi alfine en Babilonia y Ah! Quel giorno ognor rammento ), intercaladas por una obra mayor del repertorio clásico, la Sinfonía N° 40 en sol menor de Mozart.
Kasarova es una mezzo de prestigio, pero en la presente actuación no descolló en ningún aspecto. Expresivamente, careció de magnetismo; técnicamente, su voz mostró algunos agudos destemplados y un defecto en el registro grave, un oscuro golpe de glotis que se mostró especialmente chocante en las arias de Sesto.
Lo más interesante del programa fueron las piezas orquestales de Haydn y Mozart, entre otros motivos por la posibilidad de escuchar la Sinfonía en sol menor con una disposición instrumental tan diminuta (una cuerda de sólo ocho violines, tres violas, dos chelos y un contrabajo). Orquestalmente equidistante de la escuela historicista y del sinfonismo de tradición romántica, y admirablemente guiada por el concertino Florian Doneder, la Camerata Bern hizo una lectura impecablemente detallada y expresiva, plena de claroscuros. Y aun sin esos enigmáticos claroscuros mozartianos, lo mismo podría señalarse sobre la obertura de Haydn.
fuente:clarin.com  Por Federico Monjeau fmonjeau@clarin.com