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miércoles, 13 de marzo de 2013

Ráfaga Chaicovski El maestro del Teatro Mariinsky de San Petersburgo dirigió el lunes la Orquesta Estable del Colón. Brilló el estilo enérgico del ruso.


| Por Sandra De La Fuente
especial para clarínTras casi quince años de no dirigir en Buenos Aires -su última actuación fue en julio de 1998 con la Orquesta de Opera del Kirov del Teatro Mariinsky-, Valery Gergiev volvió a presentarse en el Colón, esta vez al frente de la Orquesta Estable del Colón.
El concierto fue armado de manera tan sorpresiva que la visita de Gergiev tuvo el efecto de una esas ráfagas de viento frío que anuncian el final del verano y cambian repentinamente el ánimo, predisponen a la actividad. Hace un poco más de dos semanas empezó a correr el rumor de que Gergiev llegaría junto con la Orquesta del Mariinsky, como parte de la agenda de actividades oficiales que trae la delegación del gobierno de San Petersburgo para fomentar el intercambio con sus ciudades asociadas en Argentina, Buenos Aires y Mar del Plata. Por razones no explicadas, seguramente relacionadas con temas presupuestarios, la Orquesta del Mariinsky quedó fuera de la delegación y le tocó a la orquesta Estable del Colón despertar rápidamente de su molicie veraniega para ponerse a disposición de Gergiev e interpretar -con solo dos ensayos- un “Popurrí Chaicovski”.
Las ideas interpretativas de Gergiev son también una ráfaga que sopla dentro de las obras. Con sus gestos, Gergiev impulsa la orquesta, le pide más cada vez. Apenas con una vibración de su mano izquierda exige a las cuerdas un vibrato más amplio, al tiempo que empuja para acelerar el movimiento de toda la orquesta.
La versión de la Polonesa de Oneguin, la pieza con la que abrió el concierto, sufrió un poco con ese impulso energético de Gergiev que no terminó de trasladarse completamente a la orquesta. Pero la versión de la Quinta Sinfonía de Chaicovski resultó beneficiada por la ráfaga interpretativa que finalmente cubrió todos los recovecos de la obra. Los cuerpos de la orquesta sonaron limpios y expresivos, interesantes aun en las más olvidadas transiciones del primero, segundo y último movimiento. En cambio, el tercer movimiento fue de un estatismo algo extraño, un vals con poco movimiento que produjo solos un poco anodinos.
La primera parte del concierto tuvo los condimentos de una gala lírica. La soprano Ekaterina Goncharova -de registro amplio y claro, y de una concentración dramática excepcional- cantó un aria de Yolanda y el barítono Andrei Bondarenko -de cuerpo notable, especialmente en los graves de su registro-, una de La dama de picas. Los dos solistas de la ópera de Mariinsky se despidieron con la desgarradora escena final deOneguin. fuente:clarin.com