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lunes, 18 de marzo de 2013

EN EL TORQUATO TASSO Dino Saluzzi: la música como expresión libertaria Al modo de quien ofrece el testimonio de un legado amenazado, el salteño presentó una concepción estética despojada de artificios y acrobacias, sin los ornamentos de la industria, contextos ni relatos; la música como un lenguaje autosuficiente y superior.

"¿Será que uno sale de su casa para hacer una función o para ser libre?", interpeló al público el bandoneonista, de 77 años, en el registro de la pregunta retórica y, al mismo tiempo, de crítica sobre el modo de asumir su propio oficio.  

Saluzzi subió al escenario al frente de una formación conformada por músicos de su familia y esa íntima confraternidad se trasladó al hecho musical: el bandoneón sugería una dirección y los demás instrumentos ensayaban ideas y sumaban texturas tímbricas sin recargar el conjunto.

El bandoneón de Saluzzi dialogó con especial énfasis con las cuerdas (la guitarra de su hijo, José María, o el bajo de Matías, su sobrino) a los que se sumaba, a veces en forma incidental y en otras para asumir la línea melódica, el saxo de su hermano Félix "Cuchara" Saluzzi.

A esa formación ya probada, el salteño incorporó al baterista y percusionista Quintino Cinalli, con raíces folclóricas pero a la vez en el jazz, el funk, el rock, y con pericia para aventurarse en las relecturas de las partituras a las que Saluzzi se arriesga en el concierto en vivo.

El repertorio transitó por obras consagradas o joyas propias como su "Tango del olvido".

Dentro del universo del tango enseñó los acentos sin necesidad del golpe del marcato; en el territorio del folclore sedujo con sus armonizaciones y subtextos en terceras; en los dos casos deslumbró con su gesto minimalista.

"No todo el mundo está habilitado para escuchar la música"; "si les gusta no digan nada, así no viene la gilada", lanzó Saluzzi en medio de la noche con un tono que, más que sentencioso, funciona a modo de advertencia sobre la atención que demanda el hecho musical profundo.

La atención que exigía, por caso, la belleza simple de "La tristecita" (Ariel Ramírez), con la que Saluzzi también exhumó su pasado folclórico.

La línea melódica de esa zamba, dictada primero por el bandoneón y luego por el saxo, sutilmente armonizadas, constituyó el primer final del concierto.

Luego hubo un extra donde su bandoneón insinuó la variación de "Canaro en París", los compases de Joaquín Mora o la invocación de Ciriaco Ortiz ("El que le enseñó a todos", aclaró) a través del pulso de "La Cumparsita".

¿Será que uno sale de su casa para hacer una función o para ser libre?", había interpelado el músico en el inicio.

Saluzzi seguirá ofreciendo esa respuesta en los conciertos que dará esta noche y los viernes y sábados de este mes en el Centro Cultural Torquato Tasso (Defensa 1575), siempre desde las 22.  fuente:telam.com.ar