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lunes, 26 de agosto de 2013

Herbie Hancock El jazz de los mil matices El gran pianista desplegó en el Gran Rex su gran paleta de estilos y recursos expresivos. Por César Pradines.

Tras casi trece años el pianista Herbie Hancock volvió a Buenos Aires con una propuesta que dejó en evidencia su extensa cultura musical; un concierto que tuvo gran variedad de matices, desde momentos volcánicos hasta otros de una modernidad aplastante.
Ex pianista de Miles Davis, con quien estuvo siete años, Hancock sigue abriendo horizontes. En su concierto de anteanoche con James Genous en bajo eléctrico, Vinnie Colaiuta en batería y Zakir Hussain en tabla, el pianista propuso caminos de una amplia riqueza interpretativa, en los que el hard bop, el soul, el funky y la música electrónica se fusionaron fluidamente.
El show comenzó con Actual Proof, que sonó a declaración de principios, hasta que de las sombras aparece Hancock y el Gran Rex estalla en un largo aplauso de bienvenida. El grupo suena como una aplanadora (y Colaiuta parece de cien brazos). Todo es ritmo, y el primer matiz queda a cargo de Genous con un solo de bajo “groovero” que fluye hacia un lirismo contundente. El final le deja paso al baterista, un experto en arreglos efectistas.
A lo largo del concierto hubo espacios para el lucimiento personal aunque Hancock no tiene propuestas que requieren de individualismos y esto es uno de los aspectos más valiosos de su música, pues el cuarteto sonó compacto y con ideas propias, tanto como grupo como a la vez que cada uno de los músicos supo enriquecer las composiciones.
La siguiente parada fue con un tema doble, Seventeen-Watermelon Man unidos por el talento de Hancock. Por fin, el público porteño pudo disfrutarlo con su sintetizador-guitarra, un teclado que se cuelga y la manera de una guitarra y con el cual hizo un duelo histórico con Genous. En esta composición, Hancock pasó del teclado al piano y de éste al sintetizador y así su música se enriqueció de fuertes contrastes, en los que la sencillez y el preciosismo armónico fueron pilares desde donde se construyeron los diferentes climas.
El tema central tiene cincuenta años y aún así sonó jovial, pues sigue encontrando espacios de reelaboración. Hay misterio y poesía en su manera de interpretar; Hancock hace que su música sea grácil, relajada. Una serenidad en la superficie, pero con mucho movimiento rítmico por debajo guiado por la gentil mano de Genous.
Vendrá luego una reelectura de Come Running To Me con un riff de tono rockero, pero que Hancock lo hizo mutar hacia un clima moderno, menos ortodoxo en cuanto a las reiteraciones rítmicas. Una composición con vocoder , casi una herejía para este jazzman de inmensa trayectoria. Pues bien, en Hancock se reúnen la calidez y el entretenimiento, y es así que hace conciertos divertidos; lejos de toda pose, podríamos decir que es el artista menos acartonado de ese pequeño círculo de virtuosos que tiene el mundo del jazz.
Dicho esto, es fácil imaginar entonces el clima del Gran Rex, entre el asombro por el nivel altísimo del grupo (por ejemplo, el solo de Hussain al final de Come… fue sencillamente antológico) y ese tono funky-soul-electrónico de los climas. El público no bailó en los pasillos, pero había ganas.
Una cierta pausa para un piano solo durante la que el artista describe algo de ese mundo erudito en el que también abreva; aromas de música contemporánea que fueron poco a poco hacia otros horizontes hasta cerrar el tema con alguna reminiscencias al viejoFlamenco Sketches, de Davis.
El cierre fue otra lectura novedosa de su Cantaloupe Island con Flying, sólo reconocible por su pegadiza frase y nada más, porque los climas fueron cambiantes y, a veces, hasta superpuestos como cuando en el escenario se formaron dos dúos: Hancock con Colaiuta crearon un contexto rockero y Genous y Hussein se corrieron al mundo hindú a través de un persistente aire de raga y tras otro gran final debieron volver para un bis basado sobre Chamaleon con los mejores elementos de una jam, improvisaciones inspiradas y mucha sorpresa. fuente.clarin.com