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sábado, 29 de marzo de 2014

"Jorge Drexler": Un no bailarín pidiendo pista Con la cabeza en los pies y en este continente, el músico oriental acaba de lanzar “Bailar en la cueva”, donde explora zonas vírgenes de su música. Lo acompaña, entre otros, Caetano Veloso. Pensamiento en movimiento.

Salvando las distancias generacionales y de géneros musicales, el hablar de Jorge Drexler trae el sabor a tabaco negro de las palabras precisas de otro oriental de pura cepa: Alfredo Zitarrosa. La semejanza no es el tono, sino el sentido profundo y la valoración de lo que se dice. La intelectualidad y el pensamiento. Claro, Jorge es vanguardista y Alfredo fue hombre de tradiciones. Pero en esa frontera se abrazan. Al borde de los 50 años, con tres hijos y una mujer que siempre lo esperan en Madrid, decidió embarcase en una nueva aventura: lograr que su música invite al baile. De eso se trata Bailar en la cueva.
La inmigración es parte de tu origen, de tu vida, y también está en Bolivia, el tema que hacés con Caetano. ¿Cómo es la historia?

Europa, 1939, el año de la salida de la Alemania nazi de la familia de mi padre. En esa época cerraron todas las cancillerías a refugiados de la Segunda Guerra. Estaban desesperados. Mis abuelos demoraron en salir, porque como muchos judíos alemanes, eran tan alemanes como judíos, y no podían creer que eso estuviera sucediéndole a ellos. Cuando vieron que no se revertía, y pintaba el peor de los panoramas, intentaron salir y las cancillerías de nuestros países, Uruguay y Argentina, no los aceptaban. Hay una película, Bolivia, de Adrián Caetano, que me marcó mucho, narra la vida de un inmigrante boliviano en Buenos Aires. Justo cuando nosotros nos quejábamos de cómo se trataba a nuestros compatriotas en España. El aprendizaje es que esto va para un lado y para el otro. “ Todos decían que no cuando dijo que sí Bolivia ”, dice el tema. Un país pobre, con el péndulo invertido. Es una canción de agradecimiento.
¿Qué fronteras musicales sentís que superaste en este trabajo?

Este disco es una manera de ampliar dos territorios. Uno somático propio, que es conquistar una parte de mi cuerpo que no había trabajado: los pies. Está pensado desde el groove (dice y zapatea el piso), porque yo me movía entre la cabeza y el pecho. Las emociones y la razón. Incluso la gente se acercaba a mis canciones de una manera muy emocional, no era muy habitual que incorporara el cuerpo. Recorté un montón la armonía, recorté mucho las letras. El concepto era que lo que no moviera se quedara afuera. Que el baile venga como una experiencia de empatía. Como creencia, herencia y juego.
¿Y el segundo territorio?

Es el geográfico. Mi primer identificación musical fue con algo muy local, muy uruguayo. Luego he ido a lo regional, lo folclórico de Brasil y Argentina. En Madrid surgen influencias cosmopolitas, porque nadie está tan arraigado allí. Y, los últimos cuatro años, viajé mucho por Latinoamérica. Y así como sentí que los pies también eran míos, lo era todo el resto del continente. Como una parte de mi cuerpo que todavía no había visitado. Empecé a sentirme en casa en Bogotá, Rosario, Caracas, Lima, Quito, Barquisimeto, Temuco, Neuquén, Río de Janeiro o Costa Rica. Descubrí que esa también es mi herencia.
En las fiestas, ¿sos de los que bailan o sos de los quietos?

Yo me había rebelado contra el estereotipo del latino bailable. Una rebelión estúpida, porque el que pierde sos vos. Hasta tengo una canción que dice “ los músicos no bailamos ”. La cité como antípoda en este disco. Es una manera de pensar que yo tenía, pero caducó, como tantas cosas en la vida. Un organismo flexible, así sea un cuerpo, una entidad o una organización, es vital, porque la realidad es cambiante. Hace unos años ya que empecé a bailar. Yo soy un hijo de la dictadura, crecí en un país sin música, en el que estaba mal visto bailar. Al igual que en el entorno de intelectuales de izquierda de clase media en el que me crié. En casa alguien se ponía a bailar y todo el mundo se reía. Entonces, me lo perdí. También había una especie de gravedad en nuestros países con lo que estaba pasando. ¿Quién iba a tener ganas de bailar entre tanta tragedia y confrontación?
¿Qué impresión humana te quedó tras tu recorrido continental?

Soy un enamorado de este continente, de este idioma y de Iberoamérica como concepto. Para mí, pertenece a una misma cadena de sucesos una jota aragonesa y una cueca. Nuestro ADN lingüístico es completamente común, y el idioma es el que da forma al cerebro. Aquí incluyo a Portugal, Brasil y a los hispanoparlantes de los Estados Unidos. Concuerdo con la afirmación de Fernando Pessoa: “Mi patria es mi lengua”. Me siento en casa en el idioma. Y siento que este es un continente con un futuro increíble, con un potencial humano monumental. Una cultura viva, joven y dinámica basada en muchas culturas viejas. Con la interacción entre Africa, el mundo precolombino y la cultura ibérica formándose ante nuestros ojos.
Estás por llegar a los 50, ¿qué autocrítica y qué elogio te harías?

No me gustan mucho los balances. En un momento dejé de guardar información de los conciertos porque no tenía tiempo para mirar el retrovisor. Estaba todo el tiempo mirando el camino, por encima del volante. Para adelante. No tengo un archivo mío organizado de las cosas que he hecho. No guardo nada, menos ahora que está todo en la red. No tengo ni siquiera mis discos en casa. Si los quiero escuchar voy a YouTube o Spotify. No tengo tendencia a la nostalgia.
¿“Todo cae” no es una reflexión sobre el paso del tiempo?

Es una reflexión que abarca la vejez, la muerte y el paso del tiempo. Una norma básica del universo: la Ley de la Entropía. Todo tiende a un estadío de menor energía. Si yo pongo este vaso en el borde haciendo equilibrio, va a tender hacia donde tenga menor energía potencial: el piso. Nosotros somos un milagro de entropía, estar vivos durante 80 años contradice todas las leyes del cosmos que van desintegrándolo todo. La vida va como contracorriente, frena el proceso, todo se va expandiendo y se va simplificando. La vida lo frena y construye estructuras efímeras que ríen, juegan, se enamoran y luego se disuelven, y nuestras moléculas pasan por un estado de energía que se vuelve a juntar con otra cosa. El amor vence eso, te hace ir contracorriente de la inexorable tendencia hacia el reposo, como dice la canción. Pero habla en general.
¿Sentís que el azar ha marcado tu rumbo, ha orientado tu deriva?

Deriva es ir sin un camino concreto. Yo no tengo una idea muy clara. Hace años me fui de Uruguay sin saber muy bien si me iba a quedar en otro lado, no sabía si quería irme. Yo derivé hacia España y me fui quedando, derivé hacia la paternidad y ahí estoy. No tengo un plan concreto de vida. Tengo el privilegio de hacer lo que me gusta, divertirme e investigar. No me piden que repita siempre el mismo chiste. Ese es mi logro más importante. Pero aún me sigue encantando Uruguay. Me siento orgulloso de mi país y lo adoro. Está en un momento histórico. Hoy es fácil decir que uno es uruguayo.
La marihuana estatal ha sido una buena promo de lo oriental ...

Claro, entre muchas otras leyes. En Brasil escuché el verbo “mujicar”, que significa fumarse un porro. “Voce ja pode mujicar tranquilo”, dicen (risas). El Pepe se volvió verbo. Es un buen síntoma, más allá de todas las cosas que aún restan resolver, como a todos.
¿Cuáles son los universos paralelos que mencionás en el disco?

Hay dos muy grandes. Uno es mi vida familiar en Madrid; y el otro, el escenario. Dos sectores sin mucho contacto que son tan diferentes que se contrapesan. Disfrutar de la euforia e imprevisibilidad del escenario y el tiempo de soledad de la gira; y tener la suerte de volver a tu casa y encontrar un lugar donde tenés un ciclo, es mi equilibrio. Quiero tiempo para la relación con mis hijos. Estar quieto. fuente:clarin.com 

Por Pedro Irigoyen