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domingo, 26 de enero de 2014

La música hoy suena más triste POR ALBERTO AMATO. Falleció "Claudio Abbado".

Salvo por la pluma sabia de los colegas especializados, la muerte del gran director de orquesta italiano Claudio Abbado pasó casi inadvertida en la Argentina.
Es curioso, porque con Abbado el mundo pierde a un hombre irreemplazable de la cultura. Algún funcionario, algún intelectual de los que reparten elogios o críticas al gobierno, alguna entidad, algún músico, alguien debió haber gastado diez líneas para expresar la congoja que sacudió al mundo por la muerte del gran maestro, vencido a los ochenta años por un cáncer de estómago detectado como “incurable” en 2000.
Abbado fue más que una de las mejores batutas del último medio siglo, junto a Leonard Bernstein y a Herbert von Karajan. No es por sus sobrados méritos musicales que le cabe el calificativo de maestro, que él detestaba para rogar que le llamaran Claudio, sino porque enseñó, fundó, sembró, repartió y entregó su talento como si no le perteneciera; creía en los jóvenes no para sumarlos a un proyecto personal, sino para que multiplicaran sus dones y esparcieran por el mundo la semilla de la música a la que Abbado adjudicaba, tal vez no sin razón, poco menos que propiedades milagrosas.
No creía en milagros. Fue un tipo de izquierda, crítico del comunismo, con un amplio concepto solidario de la vida y de la existencia. En 1968, cuando subió al podio de Alla Scala de Milán que iba a dirigir hasta 1986, el gran teatro italiano era poco menos que un reducto para millonarios y poderosos: un grupo de elegidos para gozar de una música supuestamente elegida. Abbado sacó los instrumentos a la calle y llevó el repertorio del teatro a los sectores más marginados de la sociedad italiana, a las fábricas, a las escuelas, a las universidades, a los obreros, a los desempleados, a los que pensaban que Verdi o Rossini no eran artistas populares.
Y para hacerlo más fácil, fundó la “Orchestra della Scala”, una de las tantas agrupaciones musicales a las que dedicó su larga vida, como la European Union Youth Orchestra, The Chamber Music of Europe, Mahler Chamber Orchestra o la Mozart Orchestra de Bologna, que se disolvió días antes de la muerte en esa ciudad de su padre fundador.
Abbado fue un Mandela de la música.
Intuía, con acierto, que es la cultura la que cambia el destino de los países. Que no es la economía, el ingreso per cápita, la moneda fuerte, los planes de asistencia, la economía sólida los que, solos, edifican el progreso de una nación. Creía que un país sin dinero puede subsistir en medio de la dureza, pero un país sin cultura sucumbirá aun en la riqueza y la abundancia. Y que los directores de orquesta son tanto o más importantes que los economistas y los señores ministros. Lo dijo en una frase naif y simpática que acompañó parte de su vida: “La cultura es como la vida. Y la vida es bella”.
En su magnífica obra sobre los años que pasó al frente de Gran Bretaña durante la Segunda Guerra, el historiador Max Hastings afirma que para Winston Churchill esa contienda mundial era, también, una guerra cultural. Churchill creía que París y Londres cobijaban los tesoros culturales de Occidente y que esos valores no podían caer en manos de “los bárbaros” o de “ese cabo austríaco”, como llamó a Hitler en sus “Memorias”. Un martes sus ministros y asesores lo van a ver para decirle: “Mire, primer ministro, vamos a recortar el presupuesto cultural de Gran Bretaña para pasar los recursos a Defensa y pelear mejor esta guerra”. Y la respuesta de Churchill fue: “No entiendo. ¿Para qué peleamos la guerra entonces?
” Sin ser aquel guerrero con piel de cordero, Abbado tuvo esa visión de la cultura: encarnó, como ninguno, el espíritu del hombre europeo de posguerra, era un chico de doce años en 1945, harto del sufrimiento, de la muerte, de la sinrazón y del odio.
Pudo ser un estadista, pero la música lo hizo suyo desde muy pequeño. Dejó a cambio, algunos ejemplos para políticos. Cuando en 2012 volvió a la Scala para dirigir una puesta de “Carmen”, pidió como cachet que el municipio de Milán plantara noventa mil árboles que purificaran el aire de la ciudad. Por supuesto, las autoridades de la cuna de la moda y de la industria, de ese bastión del norte ostentoso y presumido de Italia, dijeron que no tenían presupuesto para satisfacer el pedido del director. El gobierno del presidente italiano Giorgio Napolitano lo hizo senador vitalicio en agosto de 2013 y Abbado donó su sueldo a la Escuela de Música de Fiesole, en la Toscana, para financiar becas estudiantiles. Solía decir: “Hay que pensar siempre en construir”. O “Los músicos, en especial los jóvenes, tienen que aprender a escucharse entre sí”.
En 2000, cuando lo golpeó el cáncer, no recurrió al resignado fatalismo borgeano que elogió la ironía de Dios de darle al mismo tiempo “los libros y la noche”. Como su admirado Beethoven, Abbado creció en furia creadora. En 2001 dirigió un “Requiem” verdiano en el que muchos vieron su propio funeral. Pero regresó tiempo después con la Segunda Sinfonía de Mahler, “Resurrección”, en efecto resucitado.
Peleó su batalla de trece años contra el cáncer en silencio y sin lamentos, sin hacer de su drama una muestra de autocomplacencia ñoña y quejumbrosa. Al contrario, decía que el cáncer había agudizado su percepción, que leía mejor entre líneas, que había accedido a una nueva sensibilidad.
Hizo música como nunca, verlo dirigir era verlo transfigurarse, era sumergirse en una especie de comunión casi religiosa y adentrarse en la intimidad de la cualidad que lo mantuvo vivo y ardiente: la pasión.
Fue un alérgico a los clamores y a los entusiasmos. Fue un intérprete del silencio: lo prefería a los aplausos que sellaban sus conciertos. Lo saben bien en el Colón, porque así terminó, en silencio, su versión de la Novena Sinfonía de Mahler en mayo de 2000, en su única actuación en la Argentina al frente de la Filarmónica de Berlín, una de las tres grandes orquestas que dirigió junto a la Sinfónica de Londres y a la de la Ópera de Viena.
Italiano hasta el hueso, hincha del Milan, amante de la buena cocina y la jardinería, Abbado hizo mucho más que lo que ahora reseñan sus biógrafos.
Hizo que amáramos más la música: a los que la conocen en profundidad, les reveló el sentido profundo, innovador, siempre abierto de su rica concepción artística; a quienes no sabían de música les abrió las puertas de un mundo amplio e inagotable, y a quienes no diferenciamos muy bien un oboe de un arpa, nos prohibió cerrar los ojos, que ya es decir.
La viceministra de Cultura italiana, Ilaria Borletti, despidió a Claudio con palabras sentidas y casi formales, de viceministro.
“Fue un extraordinario músico y un hombre valiente”. Fue más que eso. Tanto, que nadie se atrevió a medir hasta ahora, el hueco enorme que deja una ausencia por la que la cultura argentina derramó muy pocas lágrimas. fuente:clarin.com