ESTAS ESCUCHANDO REYNAZUL...TU RADIO AMIGA.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Sting: “Si yo no soy feliz, ¿quién podría serlo?” A los 62 años, y muy en el estilo Montaner, habla de felicidad. Y edita uno de sus mejores álbumes, el autobiográfico “The Last Ship”. También habla de sexo, plata y Justin Bieber. Por Rob Fitzpatrick.

“¡Soy un idiota tan pretencioso!”, grita Sting, en voz bien alta. Estamos en la Riviera Francesa, sentados en una tranquila mesa en el balcón de la casa -que ahora es un hotel- donde F Scott Fitzgerald escribió Tender is the Night (Suave es la noche), y acabo de recordarle a Sting un comentario que él hizo en 1987. En ese entonces, él era una súper estrella de 36 años, que estaba promocionando su nuevo álbum, Nothing Like the Sun (Nada como el Sol) y declaró: “No quiero ser una estrella pop toda mi vida. Preferiría ser un psicoanalista junguiano, pelado y gordo entre los 40 y los 50 años”.
Han pasado veintiséis años y es todo lo contrario a eso. Se frota los ojos con las manos. A los 62 años, sigue siendo una súper estrella, de vuelta a la locura promocional después de haber estado retirado por algunos años. Viste jeans negros ajustados, botas de motociclista y una remera que está oscurecida por la transpiración que le provocó la prueba de sonido que acaba de realizar antes de dar un concierto. Es cualquier cosa, menos gordo: de hecho, es esbelto y vigoroso. Y también está lejos de ser pelado: aun cuando su cabello bien corto, una mezcla entre canoso y rubio, por momentos apenas cubre algunas áreas.
“Así que aquí estoy”, dice. “Todavía haciendo ese trabajo, pero soy feliz. Y de todos modos...”. Hace una pausa y observa el mar azul debajo de nosotros: “No creo llegara a ganar tanto dinero trabajando de analista junguiano”.
Esa noche, voy a ver a Sting actuar en un gran anfiteatro en la playa de Juan-les-Pins. Alrededor de 3.000 personas están sentadas en filas sobre la arena y a metros del mar. Cuando llego a la fila C, me encuentro con Julian Lennon sentado a mi lado. El acaba de venir manejando desde su nueva casa en Mónaco. El show es impecable, supremamente bien ensayado y repleto de hits: lo más alejado que se pueda imaginar del punk rock y ése es en cierto modo el objetivo. Es también la razón por la que Sting ha sido tan denigrado, al menos por la prensa del Reino Unido. El hace exactamente lo que quiere, de la manera que quiere hacerlo.
“En mi banda, todos saben cuál es su tarea”, me dice después. “Nadie está peleando por ocupar mi lugar, así que es muy estable. La inestabilidad creativa no debería formar parte de la política de una banda. Es agotador. Ya he pasado por todo eso”.
Mientras se acerca a la séptima década de su vida, Sting nada tiene que ver con Paul McCartney, Elton John, Paul Weller o Mick Jagger. El no se desvive por la idea de seguir en el negocio.
“Elton John es un verdadero tipo del pop”, dice. “Le encanta. Compra todos los discos; está en su alma. Pero yo no quiero ser así: yo quiero ser un adulto”. Para Sting, la sorpresa lo es todo. Por esa razón, su nuevo disco, The Last Ship (El último barco), es un ciclo de canciones basadas en los recuerdos de su infancia, creciendo bajo la sombra del astillero Swan Hunter en Wallsend, a orillas del río Tyne. Escribió las canciones de un musical que lleva el mismo nombre y debutará en Broadway el año que viene. La ambición de este hombre nunca se apaga.
“Mis éxitos anteriores me dan la licencia para hacer otras cosas”, dice. “Esos éxitos significaron que podía entrar en la discográfica y decir: ‘Voy a hacer un disco con canciones artísticas del siglo XVI con un laúd’ y que ellos tuvieran que contestarme: ‘Está bien, Sting’”.
¿Y alguna vez intentaron decirte: “Por supuesto que nos gusta la idea, pero… ¿no podrías hacer un disco de Navidad también?” 
No (se ríe, como si la mismísima idea fuera ridícula). Entienden mi locura.
Las dos palabras en las que la gente piensa cuando se menciona a Sting fueron dichas por él hace ya más de 20 años. Sin embargo, cuando menciono el sexo tántrico, en vez de parecer molesto, sonríe contento. “Bob (Geldof) y yo estábamos enojados cuando hicimos esa entrevista con la revista Q ”, declara. “Sólo quería provocarlo. Esa declaración dio la vuelta al mundo y todavía lo sigue haciendo”.
¿Disfrutó lo mucho que esa declaración enojó a la gente? El era un multimillonario, fanático del yoga, repleto de ambiciones, que nos estaba echando otra cosa más en cara… “Por supuesto”, dice. “Durante mucho tiempo, dije que cinco horas de sexo incluían una película y eso funcionó por un tiempo, pero también creo que el sexo es lo más importante que hacemos con alguien que amamos: es una expresión espiritual. No es un polvo de un viernes a la noche”.
No es que un polvo de un viernes a la noche sea algo malo… 
No. Pero, bueno, el sexo también puede ser un precioso y prolongado sacramento...
En su último disco, The Last Ship, Sting recuerda de su infancia a principios de los ’60. Y recuerda ahora: ir a la casa de sus amigos y que lo impresionara muchísimo la cantidad de libros que había en los estantes. Muchos de ellos incluso tenían un auto en su garaje. Un día, la Reina Madre llegó a la calle donde él vivía para bendecir un barco. Sting se puso lo mejor que tenía y flameaba la bandera del Reino Unido, mientras la Reina Madre pasaba en su imponente Rolls Royce negro. Lo miró y lo saludó.
“Y ahí fue cuando me picó el bichito”, dice. “Fue en ese momento que pensé: No quiero esta vida, quiero esa otra. Una vez que encontré una guitarra para tocar, encontré un amigo que me ayudó a llegar ahí”.
El hecho de que Sting llegara y lo lograra -poder hacer lo que quería, de la manera que él quería- es sin dudas por lo que aparenta estar tan en paz con él mismo. Y, debemos decirlo, lo que lo hace tan enormemente agradable y atractivo. Pero también es lo que enfurece a sus detractores… hasta los hace sentir envidia.
Quizás alguien crea que todo fue demasiado fácil para vos.

Pero no ha sido para nada fácil. Trabajé muchísimo para que todo esto sucediera. Hice todo el trabajo psicológico siendo niño para lidiar con la infelicidad, la inseguridad y el miedo. Y todo eso dio sus frutos.
Y bien, ¿es un hombre feliz?
Bueno, una parte de mí piensa que la felicidad es un concepto bovino. Las vacas son felices. Por otra parte, sería desagradecido de mi parte tener una sola queja. He tenido una vida terriblemente maravillosa. Soy feliz. Si yo no lo soy, ¿quién podría serlo?.
Traducción: Ingrid Reca. fuente:clarin.com