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viernes, 29 de noviembre de 2013

Armando y Juan Pablo Manzanero: “Mi hijo es mejor que yo” Hoy en el Coliseo, cantan padre e hijo un repertorio bolerístico ejemplar. Antes del concierto, hablaron con Clarín sobre su relación familiar y profesional. Y sus sueños.

“Si me llego a ir de este mundo a otra dimensión, lo que voy a deberle a Dios es una maravilla. No saben la vida bella que he tenido. Si acaso he tenido problemas fueron: ¡Subirme a un avión de primera clase y no alcanzar las piernas al piso! ¡O estirar el brazo en una mesa y no alcanzar la sal por estos brazos cortos! ¿Cabrones como yo quién sabe cuándo nacen? Tuve amor, siete hijos, dieciséis nietos. Uno solito me ha salido músico”. Armando Manzanero tiene la voz más ronca que nunca. Traga y la garganta parece funcionarle como rallador. Qué importa el formato acústico si lo que emerge desde esa diminuta caja de resonancia es fuego. De ese fuego ha nacido Juan Pablo, el doble de altura, el doble de voz. “Este hijo mío -sube el dedo índice- es mejor que yo”.
Manzanero Junior, 41 años, es fruto del amor con María Cristina, una de las cinco ex esposas de don Armando. Irrumpió públicamente junto a su padre a los seis años, en un comercial de pianos. Por la publicidad le pagaron 300 pesos mexicanos. Don Armando ya ni la recuerda. “Cuenta la leyenda que a los meses de nacido salimos a la carretera en gira y mi madre le pidió agua para la mamila (mamadera). Papá tomó agua caliente del lavabo. Estaba contaminada y me enfermé. Tuvo que aprender a viajar con un niño y yo aprendí a crecer cerca de un músico”, cuenta milimétrico en el recuerdo Juan Pablo. “El baterista del grupo me dejaba esconderme detrás de la batería. Como a los siete yo asomé la cabeza y pá me presentó en un teatro. Fue mi primer aplauso”.
Hay algo de la infancia que “El jefe” -como lo apoda su hijo- conserva a los 77 además de la estatura: el hábito del sombrero de palma. Una forma de llevar a la abuela Rita en el cuerpo, esa bellísima maya que entrelazaba hojas de palma hasta el cansancio para llevarle el pan a Armandito, después de vender sus creaciones por los andenes de Mérida, Yucatán. “Es un orgullo pertenecer a la cultura maya. Crecí escuchando a mi abuela y a mi padre hablar maya. Haber venido de esos orígenes es magia”, dispara Junior mientras aprieta la rodilla gastada de papá.
Si las rodillas de Manzanero tuvieran cuentavueltas, habrían agotado los casilleros en blanco. En seis décadas de recorrido no conocieron feriados. “Eso de ponerle nombre a los días y establecer según el nombre qué se hace y qué no, no me gusta”, despotrica Armando. Hoy el kilometraje seguirá girando. Manzanero y Manzanero cantarán hoy juntos en el Coliseo. “Si pensara en la edad, no estaría aquí. Hago discos, escribo más que antes, manejo la Sociedad de autores y compositores de México, me voy ahorita para las Cataratas. ¿Se imagina un señor con 78 años? Debería estar con sus nietos en las rodillas frente a la chimenea. Pero no, quiero cantar con él todavía, que fue un niño consentido que tiene más facultades que yo”.
Aparece el fantasma o el peso de de ser mejor que el padre, de tener que igualar la obra o agigantarla. ¿Cómo se convive con eso?
Armando: El mundo espera que él haga música igual a la mía. Es como Mariano Mores y Marianito. El podría llegar a ser superior a mí, pero tiene que esperar. Está el ejemplo de Strauss, su padre era un magnífico compositor.
Juan Pablo: En ningún momento me atrevería a competir. Empecé a cantar a los 17. Nacho Cano, de Mecano, produjo mi primer disco. El segundo me pegó fuerte y ahí conocí a mi esposa, con quien tengo cinco hijos, y decidí salirme un rato, crear mi familia. Mi padre cree que me fui en lo mejor de mi carrera, pero fue el momento perfecto para no volverme loco. Ahora grabamos un disco juntos. “De Manzanero a Manzanero”. Canciones inéditas.
¿Pretendés ser el continuador de la obra de tu padre?
Juan Pablo: No hay intérprete que pueda cantar las canciones como él, porque el sentimiento suyo le gana a la técnica. Le digo: ‘Padre, cuando no estés, ¿quién va a cantar todas esas canciones con ese sentimiento?’ Aunque no sea mi género, lo voy a hacer, quién mejor que yo. Soy su legado.
Armando: ¿Para qué pensar en cuando no esté? ¡Cuándo yo me vaya al cielo, me va a decir Dios: ‘Pasa a ver si te gusta el cielo’! Porque aquí abajo es el cielo para mí. No pienso en el pasado, ni lo añoro. No puede un señor como yo añorar todo lo que ha tenido. Ni puede pensar en un bienestar viejo, porque el bienestar lo tengo todos los días. No vivo de añoranzas ni amarguras. La puta vida mía se basa en pura felicidad.
La felicidad lleva, en parte, la firma de Laura, nueva esposa. Ella lo dobla en altura; él, en edad. Se conocieron en un aeropuerto. Bastó que cruzaran miradas para que “el no lugar” se les vuelva “un hogar”. Compartieron avión, se volvieron amigos. Veintidós años después él la llamó para reanudar “ese algo más”. Juan Pablo dice que el ensamble de familias terminó siendo “surreal”: “La semana pasada estábamos sentados mi madre, mi padre, el esposo de mi madre, el novio de mi hermana cuyo padre fue novio de mi mamá. Todos juntos, los tuyos, los míos, armonía, felicidad”, se ríe.
Si la memoria no le falla, el rey del bolero contabiliza 45 años desde la primera visita al país. Epocas de entrevistas a cargo de Pipo Mancera. “La Argentina me dio una segunda educación, aquí aprendí a comportarme como caballero”, elogia con la sonrisa congelada, mueca permanente, casi una declaración de principios. Tiene la voz agotada, pero a eso no lo llama problema: “¿Cómo cuidar algo que no tengo? Nací sólo con el sentimiento. No sé qué hubiera sido de mí con buena voz. Los hubiera jodido a todos”. Y se va con el verso justo para el moño de la nota. “¿Sabe? Yo no creo en Santa Claus. Santa un carajo. Viene para la gente una sola vez al año. Por eso no tengo navidades ni año nuevo. Yo sólo tengo Noches Buenas”. fuente:clarin.com

Por Marina Zucchi