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martes, 30 de julio de 2013

Final de vida, comienzo de leyenda Ayer murió uno de los músicos más importantes del jazz argentino. Guitarrista excepcional, fue maestro de su instrumento y de la vida. Su hijo Javier lo sintetiza: “Hizo bien las cosas”. Por César Pradines.

Murió ayer, en El Palomar, el guitarrista Walter Malosetti. Tenía 82 años y padecía la enfermedad de Alzheimer. Un tuit de su hijo Javier anunció ayer su muerte: “Papá terminó con su pelea y ahora descansa en paz”.
Malosetti comenzó a tocar cuando pudo alzar una guitarra y en ella se amparó hasta el final de sus días. Su enfermedad lo hizo tener días absolutamente en blanco. “Cuando eso ocurría, de pronto se colgaba la guitarra y tocaba I’m Confessin’ y la armonía salía fluida, como si hubiese en su interior algo inatacable para su enfermedad”, contó Javier.
Un músico formado en el arte de sacar canciones del tocadisco; un talentoso guitarrista que creció en un mundo donde el jazz era sinónimo de “gente que sabía”, pero también de ese misterio que encierra la libertad, mucho más en la música, donde las formas sugerían caminos que sólo el artista sabía distinguir.
Solía repetir en toda entrevista que él fue el maestro de Javier y Javier era su maestro actual. Una relación de padre e hijo de un profundo amor, respeto y compañerismo. Esa unión que trascendió las fronteras de la música llevó a Javier a cuidar personalmente de su padre en los últimos años de su vida. “Mi hermana y yo lo cuidamos y podemos decir que su partida fue tranquila, como creemos que lo merecía. A las cinco de la mañana lo atendieron y a las siete, cuando había que despertarlo para tomar una medicación, ya había partido”, recordó así Javier las últimas horas de su padre.
Nació en Chacabuco, el 3 de junio de 1931, era uno de los cinco hijos de Alfredo, jefe de la estación y hombre que supo darle libertad. Dos de ellos, Walter y Pedro, mostraron desde niños una evidente inclinación por la música que Walter recordaba así: “En mi casa de aquellos años, el principal adorno de la paredes eran las guitarras. En todos los cuartos había alguna y, aunque de baja calidad, se podían tocar”.
Walter fue el hijo de un padre que amaba a Yupanqui y quería que sus hijos tocasen algún instrumento. “Siempre nos apoyó en la música. Con pocos años, tocaba en la escuela y cuando nos mudamos a Palomar me regaló unos pantalones largos para que me dejasen entrar a ver a Oscar Alemán”, le contó años atrás a este cronista.
A los doce años descubrió el jazz en la radio, momento que consideraba uno de los más importantes de su vida ya que “se enamoró del swing para siempre”. Por entonces, los niños decidían su rumbo al terminar la primaria: estudio o trabajo. Walter eligió trabajar en la administración de Ferrocarriles y guardar su energía para tocar.
Artista profesional desde 1950, debutó haciendo jazz en el club de Racing, de Villa del Parque, un ambiente de baile con una entrada de la jazz band y otra de la orquesta típica.
Walter Malosetti cosechó respeto y amistad. Su bonhomía lo convirtió en un gentilhombre de guitarra bien dispuesto para la música. Walter intervino en jams sessión de todo tipo, informales, muy informales y formales (tocó en un disco de David Lebon), con artistas importantes, con jóvenes y no tanto y siempre salió airoso por ese estilo hard swing formado por un melodismo potente que fluctuaba entre el intimismo y la modernidad.
Su inspiración guitarrística siempre fue Django Reinhardt, el genial gitano que revolucionó el arte de la guitarra. Walter conocía las composiciones de Django y podía tocarlas nota por nota como el autor; sin embargo, lejos de cristalizarse -como muchos músicos de jazz de su generación-, Walter hizo su propio camino.
Entre sus primeros grupos se destacan la Guardia Vieja Jazz Band, los California Ramblers y The Georgians Jazz Band. A principios de los sesenta, Walter tocaba en Jamaica, un club que tenía nada menos que a los grupos de Astor Piazzolla y del pianista Baby López Furst como números centrales. Ahí conoció a uno de sus músicos más admirados, Jim Hall, quien le dedicó Blues for Walter, una pieza delicada de Hall para ese guitarrista argentino, de tan buen swing.
Formó parte en los setenta del famoso Swing 39, un grupo de excepción en la escena local de la música. Con él estaban Héctor López Furst en violín, Carlos Acosta en clarinete, Héctor Basso en contrabajo y su joven sobrino, el guitarrista Ricardo Pellican. Para aquella época Walter, quien ya trabajaba en su conservatorio, era un guitarrista de formación amplia y si bien podría decirse que era el heredero de Oscar Alemán, su música superaba largamente una definición puramente estilística.
En su vida familiar, Walter seguía siendo un padre respetuoso de los espacios personales. Hay una historia que habla por sí sola. Cuando su esposa Graciela enfermó de cáncer, Walter la cuidó durante los trece años que duró su enfermedad. En los últimos años dejó, incluso de tocar para quedarse con ella, a la que despidió estando a su lado. “Fue ejemplar”, dijo su hijo Javier. Al volver al escenario era otro músico.
Caminos musicales de mayor riesgo hablaban de un proceso de reconstitución artística. Walter parecía transmitir una tranquilidad de conciencia, de haber hecho lo correcto. Estaba en paz.
Unos diez años atrás Walter contaba que con Javier tuvo una de sus grandes sorpresas en la vida. “Tocábamos los discos y él aprendía de una manera tan rápida que me asombraba”. Javier por su parte decía: “Tiene su genio y en los primeros años fue todo un trabajo para mí. Me enseñó cómo tocar, me transmitió ese corazón musical, ese sentimiento”.
Con Walter Malosetti, que fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la ciudad en 2002, se despide parte de la historia del jazz argentino. La parte quizás más amable, de genuina modestia y de un corazón absolutamente dedicado al jazz, sin transigir géneros, ni estilos. Y nace una leyenda. Un músico que su hijo definiría en el documental sobre su padre: “Hizo bien la cosas”.
Walter Malosetti será enterrado hoy, en la Chacarita.
fuente:clarin.com