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martes, 2 de julio de 2013

El Tata Cedrón: el artesano de la canción Mañana festejará en el Teatro Cervantes los 50 años de su cuarteto. Habla del valor que le otorga al tango y a la poesía, dice que en los ‘60 hubo penetración cultural, pero alaba a Charly García. Y se queja de que lo “ningunean”.

“En medio de todo el quilombo nosotros creamos, reflexionamos, hacemos filosofía. Yo, si viene un terremoto, después agarro la guitarra y me canto una canción.” La declaración de principios del Tata Cedrón resume la propuesta del Cuarteto Cedrón, suerte de colectivo que incluye no sólo a los integrantes que pasaron por su formación, sino a todos los que, por contigüidad, también eran parte: poetas, artistas plásticos, actores, cineastas.
Mañana Cedrón se presentará en el Teatro Cervantes, un lugar ya familiar para él, a modo de conmemoración de las cinco décadas del Cuarteto. En rigor, del ‘63 son tanto la alineación inicial del trío que en 1969 devendría en cuarteto como la primera grabación del Tata, un acetato con dos temas.
Al histórico Miguel Praino (viola, originalmente violín) y a Román Cedrón (uno de los hijos del Tata, contrabajo) se sumará el bandoneonista Daniel Cabrera, quien ingresó en la década del ‘90. Miguel López, habitual fuelle lugarteniente de las apariciones porteñas de Cedrón, participará como invitado. Los festejos continuarán el próximo marzo en París, base de operaciones del Cuarteto durante 30 años.
“Lo hice venir a Cabrera para que estemos todos los veteranos”, dice el Tata del huésped de la casa que comparte en Villa del Parque con su esposa Antonia (socióloga, autora del libro Cuarteto Cedrón. Tango y Quimera) y Azul, la hija de ambos, de siete años, “pero voy a tocar un tema con López, un tango nuevo basado en un poema de (Héctor Pedro) Blomberg.” Cedrón y Praino son propietarios de casi toda su obra discográfica, una actitud ausente en muchos artistas autodefinidos de izquierda. “Elemental, Watson: vas a una grabadora, grabás una cinta, la llevás a la fábrica, se hace el disco, vas a una imprenta, se hace la tapa, lo metés adentro y lo vendés. Y no dependía de ninguna empresa”, explica el Tata sus primeros discos; un modus operandi que, con contadas excepciones, continúa hasta el presente.
“En el ‘60 quería buscar con quién hacer canción”, rememora sus comienzos. “En el ‘55 cayó Perón, hubo un revuelo en el país desde todo punto de vista, el tango empezó a decaer, no había tanto trabajo. Yo no era de la época en que (Raúl González) Tuñón se juntaba con Carlos De La Púa o con (Julio) De Caro. Empecé a hacer canciones con (Julio) Huasi, un poquito mayor que yo. Después mi hermano (el pintor Alberto Cedrón) me aconsejó a Tuñón y (Juan) Gelman. Me basé en la poesía y eso me dio un estilo.” Su facilidad para la canción es envidiable. “La melodía y la estructura me salen solas. En general, la gracia que tienen es que mezclo un poema de (Dylan) Thomas o (Bertolt) Brecht con una melodía tradicional.
Eche veinte centavos en la ranura: en vez de poner música dodecafónica, hago una milonguita.” Aquella poesía de González Tuñón es quizá el ejemplo más conocido de la manera en que Cedrón logró hacer canciones con poesías de métricas irregulares. “Trato de que cualquier texto sea natural. Le busco una vuelta”. Como ejemplo, toma de su escritorio un libro con poemas de María Cristina Scibona y comienza a improvisar una melodía con los versos. “No entienden los muchachos de la papelería porqué la poeta no quiere escribir”. “Está como el culo”, juzga, “pero le entro a sacar, un poco de tomate, un poco de cebollita: No entienden los muchachos de la papelería... ya lo mejoré.” “Son cosas de cuando era pibe”, dice del cuño tradicionalista de sus canciones. “Me acuerdo de un vecino que pasaba por la calle, yo tenía 8, 10 años; él cantaba Arrésteme sargento (deA la luz del candil, grabada por Gardel en 1927) y eso lo tengo acá”, se toca la cabeza.
Aún en los casos de amistades, casi nunca los autores escribieron expresamente para Cedrón. “Hice una sola cosa con Gelman, Siete; nos tomamos unas botellas de ginebra y salió. Con Cortázar hice Canción sin verano. No chupamos ginebra, pero le di la melodía y él hizo la letra (canta). Ahora la voy a cantar, no la hice mucho acá.” El Tata es un apasionado para comentar grabaciones que va poniendo durante la entrevista o analizar distintos estilos a la hora de hacer tango. Y lo es aún algo más para defender puntos de vista en los que no admite debate. “En los ‘60 hubo una política de penetración para cambiarte la mentalidad, una música que suplantó a otra música y que fue pensamiento único”, opina tanto de la irrupción del rock como del Club del Clan. “Los rockeros son fenómenos”, concede. “Charly (García) es bárbaro, tiene mucho talento, me conmueve.” Le desvela impedir que ciertos linajes estéticos no se diluyan ante las nuevas generaciones. Cuenta una anécdota de la semana pasada: “Estuve en Rosario con unos chicos que me dijeron ‘De tango no conocía nada, empecé con Bajofondo, seguí con Piazzolla y ahora estoy con Pugliese’. ¡Ahora! Lo que está pasando es extraordinario, están reconociendo su verdadera identidad, que después la van a juntar con la que tienen ellos. Hay muchos jóvenes que se plantean el tema del tango y del rock; me parece saludable.” Cedrón y sus músicos siempre defendieron una idea de comunidad creativa. Hitos de esta actitud son los reductos Gotan (1965) y El Taller de Garibaldi (1972), donde heterogéneamente confluyeron músicos (Piazzolla, Eduardo Rovira, Osvaldo Tarantino, Paco Ibáñez; la Porteña Jazz Band o el free jazz de Steve Lacy), autores (Gelman, Rodolfo Walsh, Mario Vargas Llosa) y actores (Luis Brandoni, Héctor Alterio).
En su exilio, además de compatriotas como Cortázar, Cedrón se encontraba, como atestigua una vieja libretita, con Juliette Gréco, Michel Foucault, Jeanne Moreau, Ives Montand, Marcel Marceau, y Luis Buñuel, entre otros. Los llamaba para firmar las solicitadas que alertaban sobre la situación argentina durante el Proceso. Hoy, en parte como un comentario sobre las dificultades de conseguir espacios para tocar en Buenos Aires, suele amenizar feriados en una verdulería de su barrio.
Al Tata Cedrón no le faltan proyectos. Uno de ellos es una sugerencia de Alberto Cedrón: poner música a Las mil y una noches. “Tengo algunas ideas. Lo haría con alguien que me ayude a montar los textos. Sería algo diferente, no en canción, más bien recitativo o actuado. Algún día lo haré.” Mientras, además de continuar editando en CD sus viejos discos y grabaciones inéditas, el Tata tiene listo un álbum a dúo con el pianista Roger Helou: “Canciones folclóricas con piano y guitarrón, por ahí lo saco el año que viene. Estoy muy ligado al folclore de cuando era pibe, con Yupanqui y (Eduardo) Falú.” En la categoría inéditos, se entusiasma al revisitar la música del espectáculo Memorias de Buenos Aires, de 1988, donde participaban Antonio Agri, Gustavo Beytelman y Juan José Mosalini. “Hicimos eso para que en Francia se aviven que había otros estilos.” Suena una versión de A fuego lento, tocada a partir de la partitura original cedida por Horacio Salgán.
“¿Sos testigo de que esto fue hecho en el ‘88, y no lo dice nadie? ¡No, señor! ¡Hice Salgán, Troilo, Gobbi y no me dan bola! Me ningunean, flaco.” Cedrón se queja con razón porque no se le reconocen sus aportes para preservar las escuelas clásicas del tango, tarea que en el nuevo siglo han realizado músicos más jóvenes como Ignacio Varchausky o Julián Peralta. Como los instrumentales más aventurados del Cuarteto, esta labor es opacada por su faceta cancionista. “Y va a salir, y ni bola le van a dar”, vaticina, “y me importa tres carajos.” Bueno, te calentás porque te importa.


Pero por supuesto; si no, no haría nada más. 
fuente:clarin.com 

Por Pablo S. Alonso