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martes, 1 de noviembre de 2016

Sensibilidad y memoria en "La boda de Fanny Fonaroff", de Roxana Berco La obra habla de la convivencia entre inmigrantes italianos y judíos en algún lugar ribereño del Paraná -posiblemente una colonia de la provincia de Santa Fe- y hace hincapié con gran poesía en los sueños y dolores de esa gente. Por Héctor Puyo.

Roxana Berco está a cargo de la dramaturgia y la dirección de “La boda de Fanny Fonaroff”. Se puede ver en Patio de Actores, Lerma 568, los jueves a las 20.30.

Con evidente raíz en la literatura de Alberto Gerchunoff, la boda del título es apenas un referente del espectáculo, que no tiene un recorrido cronológico sino que se plantea más como un gran mosaico de situaciones personales y colectivas en esa tierra de promisión que era el interior de la Argentina en 1921.

El dato es crucial porque eran tiempos de la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen y como contrapartida al avance democrático de la Ley Sáenz Peña habían aparecido organizaciones como la Liga Patriótica y se estaban dando los fusilamientos de obreros en la provincia de Santa Cruz.

Hay un evidente aire de esperanza en todos esos seres -el elenco es numeroso para los parámetros de hoy- que dan la sensación permanente de estar acomodándose, como recién llegados después de un largo y doloroso viaje, en particular los originarios de Odesa, en Rusia, donde los pogroms eran moneda corriente.

Sin embargo existe una improbable preparación de una Navidad por parte de la familia italiana con la colaboración de la judía -mientras no existe una equivalencia en contrario-, pero ése es un descuento menor en ese fresco de seres humanos con apuntes certeros donde hay de todo.

Desde el religioso que filosofa sobre los misterios del viaje, en particular el eterno del pueblo hebreo que estuvo 40 años en el desierto y la última centuria cruzó el océano desde Odesa hasta la Argentina (Maximiliano Frydman), a la frágil chica que sueña con casarse y recuerda cómo su familia se escondía en el horno de una panadería para no ser asesinada por los cosacos (Julieta Raponi), al criollo fascistoide que sueña con viajar a la Patagonia a reprimir obreros (Leopoldo Davis), a un “zeide” (abuelo) un tanto perdido y con algún inesperado arranque lascivo (Felix Völker).

El grupo se completa con otra soñadora chica judía (María Gracia Garat), la madre italiana (Victoria Marroquín) y otros jóvenes peninsulares (Pablo Toporosi y Daniela Godoy), en un ámbito rural proclive a los deseos y al ansia de vivir: "Hay que pasarla bien -dice un joven tras robarle un beso a su vecina-, no olvidemos que algún día habremos de morir".

Además de la influencia del autor de "Los gauchos judíos", la dramaturgia también parece atravesada por el mundo de Arístides Vargas con esos toques atinentes a lo femenino y lo mágico en ese ámbito subtropical.

Con un efectivo y múltiple músico en escena (Mariano Schneier) la pieza refuerza la vitalidad de ese grupo con pasajes de gran encanto, como el de esa pesca colectiva desde un muelle en el que se sintetizan y definen las individualidades.

Por algo la acción comienza con el grupo a la espera de un milagro o un sueño por cumplirse, con la mirada por encima del horizonte como para huir del prejuicio contra la extranjería que sufrieron en sus lugares de partida, sin imaginar que contra el destino nadie la talla.

Hay asimismo un funcional concepto escenográfico con un dispositivo rodante que puede ser tanto una tranquera, una casa, una embarcación o un artefacto ceremonial, que combina con lo fragmentario del texto.

En poco menos de una hora la autora y directora Berco tiene la capacidad de pasar de lo particular a lo general y viceversa con solvente dinamismo y si bien el equipo actoral muestra desequilibrios, la sensación que queda es la de una esencia humana absolutamente auténtica.

fuente: telam.com.ar
Para leer el cable completo acceder a https://cablera.telam.com.ar/cable/409634

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