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lunes, 6 de abril de 2015

Buscando un símbolo de paz Festival "Mozart es Bogotá".En la capital colombiana se realiza un encuentro dedicado al compositor austríaco, que suma 63 conciertos.

El Teatro Mayor de Bogotá está realizando su segunda edición de su festival bianual consagrado a un compositor clásico. Esta vez es Mozart (Mozart es Bogotá), dos años atrás fue Beethoven y esta noche, en el concierto de cierre, se dirá quién es el próximo. Es una maratónica seguidilla de 63 conciertos que tienen lugar de la mañana a la noche en distintos escenarios de la ciudad, que empezó el miércoles y cierra hoy.
El Teatro Mayor es el principal auditorio de la capital colombiana, lo que no quiere decir el más tradicional. Creado cinco años atrás, lejos del centro histórico de Bogotá, es un edificio imponente, de excelente acústica; junto con el viejo y pequeño Teatro Colón emplazado en el hermoso casco de la ciudad vieja, y con el Eliécer Gaitán, muy cerca de allí, son los principales auditorios de conciertos y ópera de Bogotá.
Lógicamente, la gala de apertura es en el Teatro Mayor, y los breves discursos de apertura -del director Ramiro Osorio de Fonseca y, sobre todo, el de la secretaria de Cultura Clarisa Ruiz- tienen un matiz político. "En el actual momento de Colombia, Mozart nos une", dice o pide Ruiz. Aquí hay esperanzas de alcanzar un acuerdo definitivo con las FARC hacia fin de año. El Festival -que, como el Teatro Mayor, es mixto, con financiamiento público y privado- difícilmente ayude en algo a ese proceso; de cualquier forma, no hay por qué renunciar a las metáforas, y la idea de Mozart como terapia espiritual por excelencia no carece de sentido. En la "musicología popular", Bach es el cielo; Beethoven, el dominio; Mozart, la naturaleza misma, la reconciliación. Esto puede ser muy engañoso, pero no es momento de entrar en mayores refinamientos. Tal vez tampoco sea el momento de pedirle un poco más de imaginación al Festival: es sólo Mozart, todavía no hay lugar para compositores contemporáneos que entren en conversación con su obra (no puedo dejar de pensar en las maravillosasMozartvariationen de Gerardo Gandini, por ejemplo).
La selección de apertura es impecable: Obertura de Idomeneo,Concierto para piano N° 23 en La mayor, Sinfonía Concertantepara violín y viola, Sinfonía Haffner, con la Filarmónica de Bogotá dirigida por el italiano Francesco Belli. Los solistas son impecables: la pianista serbia Jasminka Stancul, el violinista israelí Guy Breaunstein, el violista estadounidense Ori Ka; verdaderos talentos que realizaron una gran actuación. Sin embargo, no se entiende bien la presencia de Francesco Belli, un director que se limita a marcar tiempos y entradas. No tiene chispa, no tiene matices, no crea suspenso; no plasma bien la forma, ni siquiera en los finales. Es así como las dos piezas orquestales sin solista, Idomeneo y Haffner, tuvieron una interpretación desabrida.
La segunda fecha tuvo al Cuarteto Auryn de Alemania como una de las principales atracciones. En la tarde del jueves, en el precioso Colón los músicos ofrecieron una vibrante ejecución de los cuartetos K. 387K. 465 y K. 589, tres joyas del repertorio clásico. Los dos primeros pertenecen a la serie que Mozart dedicó a Joseph Haydn, el creador del género; el K. 465, en Do mayor, también conocido como Cuarteto de las disonancias, tiene su merecida fama adicional debido a esa introducción lenta en la que Mozart crea una situación de total ambigüedad armónica: no sabemos dónde estamos, ni a dónde vamos, y al mismo tiempo todo resulta subyugante.
Como en el concierto inaugural del Teatro Mayor, la respuesta del público al concierto de Cuarteto Auryn es masiva y entusiasta. Una particularidad: la gente no tose, ni siquiera entre movimiento y movimiento. Ya me habían dicho que la gente de Bogotá es la más amable del planeta. Como el chofer encargado de salvar las distancias para depositarme en el hotel media hora antes del concierto, después de un arribo con 50 minutos de retraso. Se trata de un taxista octogenario que, en medio de las maniobras más complicadas y los atajos más sorprendentes (las autopistas están colapsadas por el éxodo de Semana Santa), escucha en su radio la Sinfonía N° 40 de Mozart. Me resulta curioso. Le pregunto si está sintonizando el Festival Mozart. "No -me dice-, es un CD. Me gusta la música clásica. No la entiendo mucho, pero la siento. Me despeja la cabeza". Luego me hace saber que es oriundo de Medellín, que ama a Gardel y que supo bailar el tango con destreza, aunque lo olvidó. Le digo que bailar bien el tango no debe ser más fácil que entender la música clásica. "Tal vez", negocia escéptico, mientras continúa su carrera al hotel La Fontana, raudo y sereno a la vez. fuente: clarin.com

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